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Y llevaban
toda la razón, pues costaría creer que un joven de
veintidós años, por aquella época, a quien la vida le
imponía el obstáculo de la afección física y la
carencia de instrucción, circunscribiendo su desempeño
social y artístico a un pequeño universo
campesino, ubicado en el centro de la isla, se
convertiría con el paso del tiempo en un digno y
reconocido representante de la plástica popular
cubana.
El vínculo
con Signos contribuyó a modificar la
utilización y manejos de temas y elementos técnicos en
su obra y en él, Osés, encontró impulso y realización.
No obstante, ha sido a través de su labor pictórica,
donde ha alcanzado maduración plena con una elevada
cuota de originalidad y virtuosismo que ha dejado
deslumbrados a los conocedores y
especialistas.
Con sus
cuadros asistimos a un arte auténtico, obras no tocadas
por la elaboración y retoque de especialistas, un arte
en su estado crudo o también denominado por algunos «ars
in crudo», pero que le es inherente la frescura, la
veracidad y la fidelidad de la expresión artística. Arte
que se presta a la libertad en el uso de colores, temas,
contenidos, en fin, de todos los elementos artísticos y
en el cual la imperfección logra colorido, a pesar del
no-dominio de los elementos técnicos, de la tendencia a
la planimetría del espacio y de la utilización de
colores planos, sobre todo, en etapas iniciales de su
obra. Esta se crea en relación con ese mundo campesino,
unida a las tradiciones, los mitos, donde lo real
y lo fantástico se sobreponen y la irrealidad se
desborda.
Si bien es
cierto que todo pintor crea su propia cosmovisión la de
Pedro Oses, es muy peculiar al mostrar figuras mágicas,
fantásticas, sorprendentes. Ciclos anecdóticos,
narrativos y de leyenda son presentados en paisajes
colmados de misterio, creados e inventados por la
imaginación del artista, oscuros bosques y lóbregas
construcciones que remedan los castillos medievales,
ninfas, dragones, calaveras que deambulan, figuras de
súcubos e íncubos con una connotación mística que
proporciona mezclas inigualables de la fantasía ligadas
con lo macabro.
Ángeles,
vírgenes, cruces y otras imágenes cristianas se
superponen a elementos sincréticos interpretados
mediante una visión muy particular de su percepción
teológica.2
Reelabora
creencias establecidas en la tradición popular, haciendo
de lo mitológico una de sus líneas más fecundas. El mito
del güije, uno de los más arraigados en Cuba, es
ampliamente recreado.3 También el mito del
diente que es descrito como un jinete de largos
colmillos que aparece y desaparece en lugares desolados,
es representado por una niña que llora y los saca (los
dientes) cuando alguien va a su
encuentro.4
Emplea a
gran escala viejas supersticiones que se han mantenido
en la tradición campesina, las mariposas brujas, gatos y
perros negros, se dan la mano con lo
tétrico.5
De
forma tal que inconscientemente hay vestigios
surrealistas que emanan del grotesco, del absurdo, del
fantástico, pero muchas veces elaborado de manera
expresionista, pues a pesar de que desconoce técnicas,
deforma aún más las figuras con cierta
deliberación. 6
Por otra
parte, prevalece la combinación de partes del cuerpo
humano con plantas y aves integrando un mismo ser, con
marcado interés en resaltar lo sexual. Un cuerpo
de mujer con cabeza de ave y manos de flores dejan ver
gran sensualidad y erotismo. En fin, un mundo de ensueño
y fantasiosa maravilla permeado de una virtud
paradisíaca y luz poética. 7
Osés maneja
con frecuencia un profundo trasfondo filosófico, por lo
que en diferentes oportunidades acentúa el sentido
dramático y trágico, el fatalismo inevitable del
destino, de acuerdo con la cosmovisión del artista, que
procura casi siempre la caída y la degeneración del
hombre,
«Este desde
su niñez ya está pecando, se deja arrastrar por las
contingencias y placeres de la vida, lo que lo conduce
sin apelación a la muerte».8
En otros
momentos la muerte aparece como ente que regenera y
purifica, no implicando el colapso de la vida, sino un
nuevo estado de ella, ya que despoja al cuerpo de su
piel, el alma se desprende y viaja hacia un lugar etéreo
y descontaminado.9
Tan
inexplicable como la propia muerte resulta todo el
misterio que entraña el nacimiento, otra de sus grandes
preocupaciones, por lo que a menudo resalta la
fertilidad de la mujer en escenas
idílicas.10
Despojado
de toda óptica maniqueísta, el pintor villaclareño
concibe los fenómenos y procesos de la vida sin
absolutizaciones. Nada es totalmente bueno o malo,
existen matices, aún los más límpidos sentimientos
pueden engendrar dolor, el amor aunque enaltecedor
de la subjetividad humana como factor provocante de
placer puede acarrear penas y esto suele representarlo a
través de gotas de sangre que brotan del corazón
humano, una forma más de enfatizar su poética con
lo pictórico.
La obra de
Pedro Osés traduce la relación relativa que se
verifica en todo arte entre valores y antivalores desde
un punto de vista dual. En ella se contraponen lo bello
y lo feo, lo sublime y lo bajo, lo cómico y lo ridículo.
En ocasiones la fealdad se trueca en belleza, connotando
el bien, la complacencia, la pureza, y la plenitud de lo
espiritual. Lo horroroso, lo sorprendente, lo asombroso
pueden tornarse bello. En cambio la deformación extrema
de las figuras unánimemente ridiculizadas pretende
configurar lo execrable.
Se apropia
de un pertinente y fabuloso sistema de símbolos
para brindar distintas connotaciones: las
estrellas, las flores y el color blanco denotan lo
bello, puro y franco. Los venados: la libertad, ligereza
y paz, y en oposición a ello, el color negro
y las figuras puntiagudas indican lo
adverso y despreciable.11
No falta
en el ánimo del artista la intención
didáctica y moralizadora, gran parte de sus
cuadros constituyen una verdadera exhortación al
mejoramiento del ser humano, al censurar el vicio, la
traición, la mentira, que corroen la humanidad. Su
empeño en tratar temas sociales lo llevan a la condena
de actitudes que considera nocivas y degradantes para el
hombre: la embriaguez, la prostitución, el juego, el
crimen, además vierte su sensibilidad ante el dolor
causado por los flagelos de las pandemias de estos
tiempos.12
En las dos
últimas décadas acompaña sus obras con textos
literarios, que a pesar de ser rudimentarios, son
portadores del mensajes bien explícitos:
No sufro
por el dolor,
Ni por la
espina que hiere.
Y de flores
que se llenen,
Como
mariposas al sol.
Es muy
grande mi dolor,
E inmenso
mi martirio.
Y sufro por
el dolor
De un mundo
sin
compasión.13
Entre sus
técnicas predilectas se ha definido abiertamente la
tempera sobre cartulina, manejada con encanto, y el
dibujo a plumilla con un valor distintivo, aunque en los
últimos años prefiera el óleo y el acrílico sobre
lienzo, a tono con las exigencias profesionales y de
mercado de estos tiempos, apreciándose transformaciones
que anuncian ciertos rasgos cambiantes de su obra, tales
como logros en la síntesis de la figuración, mayor
simplificación y coherencia de los elementos plásticos y
mayor habilidad para depurar los colores. Osés ha
abandonado el uso de colores que realzan el misterio
para usar una gama de tonos claros y brillantes que
tipifican más acertadamente la luz tropical.
Este pintor
primitivo, uno de los más importantes de Cuba ha sido
capaz de crearse un nombre que trasciende las fronteras
de su terruño, para así adentrarse en un estilo personal
y convertirse conjuntamente con su creación, en una de
las leyendas del color en el arte popular de nuestros
días.
Bibliografía
Activa
1
Feijóo,
Samuel. «Pedro Osés, Pintor de Mitos». pág 9.
Signos No. 22, 1979.
2
Obra Santa
Bárbara (1990).
3
Obra Güijes paseando (1978)
4
Obra El diente del camino (1976)
5
Obras Devoradora (1991), Rumbo al infierno
(1980).
6
Obra Comiendo fuera (1988).
7
Obra Haciendo el amor (1998).
8
Entrevista realizada por los autores a Pedro Osés en
1998 en Guaracabulla.
9
Obra Viaje al cielo (1992).
10
Obra Pariendo (1998).
11
Obras Primavera (1975), Diablo Malo (1984).
12
Obra El SIDA (1999).
13
Texto acompañante a la obra El Sagrado Corazón de Jesús
(1994)
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