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"Pedro Osés: un discurso cálido de lo primitivo."

Por Maibelín Carrasco Pérez y Héctor González Fuentes

 

Conmoción, asombro, mitos trocados en realidad y por qué no, hasta cierto deslumbramiento, llevaron a los integrantes del grupo  Signos  y a Samuel  Feijóo a afirmar en 1978: «Cuando, por buen azar, vimos la pintura de Pedro  Osés nos tomó su fuerza,  su imaginación única, color, la temática  variada que la recorre y la afluencia de los mitos cubanos de todo tipo, desde el paradisíaco hasta la más violenta forma política  y social».1

Pedro Oses Díaz

Y llevaban toda la razón, pues costaría creer que un joven de veintidós años, por aquella época, a quien la vida le imponía el obstáculo  de la afección física y la carencia de instrucción, circunscribiendo su desempeño social y artístico  a un pequeño universo campesino, ubicado en el centro de la isla, se convertiría con el paso del tiempo en un digno y reconocido representante de la plástica popular cubana.

El vínculo con Signos contribuyó a  modificar la utilización y manejos de temas y elementos técnicos en su obra y en él, Osés, encontró impulso y realización. No obstante, ha sido a través de su labor pictórica, donde ha alcanzado maduración plena con una elevada cuota de originalidad y virtuosismo que ha dejado deslumbrados a los conocedores y especialistas.

Con sus cuadros asistimos a un arte auténtico, obras no tocadas por la elaboración y retoque de especialistas, un arte en su estado crudo o también denominado por algunos «ars in crudo», pero que le es inherente la frescura, la veracidad y la fidelidad de la expresión artística. Arte que se presta a la libertad en el uso de colores, temas, contenidos, en fin, de todos los elementos artísticos y en el cual la imperfección logra colorido, a pesar del no-dominio de los elementos técnicos, de la tendencia a la planimetría del espacio  y de la utilización de colores planos, sobre todo, en etapas iniciales de su obra. Esta se crea en relación con ese mundo campesino, unida a las tradiciones, los mitos,  donde lo real y  lo fantástico se sobreponen y la irrealidad se desborda.

Si bien es cierto que todo pintor crea su propia cosmovisión la de Pedro Oses, es muy peculiar al mostrar figuras mágicas, fantásticas, sorprendentes. Ciclos anecdóticos, narrativos y de leyenda son presentados en paisajes colmados de misterio, creados e inventados por  la imaginación del artista, oscuros bosques y lóbregas construcciones que remedan los castillos medievales, ninfas, dragones, calaveras que deambulan, figuras de súcubos e íncubos con una connotación mística que proporciona mezclas inigualables de la fantasía ligadas con lo macabro.

Ángeles, vírgenes, cruces y otras imágenes cristianas se superponen a elementos sincréticos interpretados mediante una visión muy particular de su percepción teológica.2

Reelabora creencias establecidas en la tradición popular, haciendo de lo mitológico una de sus líneas más fecundas. El mito del güije, uno de los más arraigados en Cuba, es ampliamente recreado.3 También el mito del diente  que es descrito como un jinete de largos colmillos que aparece y desaparece en lugares desolados, es representado por una niña que llora y los saca (los dientes) cuando alguien va a su encuentro.4

Emplea a gran escala viejas supersticiones que se han mantenido en la tradición campesina, las mariposas brujas, gatos y perros negros, se dan la mano con lo tétrico.5

 De forma tal que inconscientemente hay vestigios surrealistas que emanan del grotesco, del absurdo, del fantástico, pero muchas veces elaborado de manera expresionista, pues a pesar de que desconoce técnicas, deforma aún más las figuras con cierta deliberación. 6

Por otra parte, prevalece la combinación de partes del cuerpo humano con plantas y aves integrando un mismo ser, con marcado interés en resaltar lo sexual.  Un cuerpo de mujer con cabeza de ave y manos de flores dejan ver gran sensualidad y erotismo. En fin, un mundo de ensueño y fantasiosa maravilla permeado de una virtud paradisíaca y luz poética. 7

Osés maneja con frecuencia un profundo trasfondo filosófico, por lo que en diferentes oportunidades acentúa el sentido dramático y trágico, el fatalismo inevitable del destino, de acuerdo con la cosmovisión del artista, que procura casi siempre la caída y la degeneración del hombre,

«Este desde su niñez ya está pecando, se deja arrastrar por las contingencias y placeres de la vida, lo que lo conduce sin apelación  a la muerte».8

En otros momentos la muerte aparece como ente que regenera y purifica, no implicando el colapso de la vida, sino un nuevo estado de ella, ya que despoja al cuerpo de su piel, el alma se desprende y viaja hacia un lugar etéreo y descontaminado.9

Tan inexplicable como la propia muerte resulta todo el misterio que entraña el nacimiento, otra de sus grandes preocupaciones, por lo que a menudo resalta la fertilidad de la mujer en escenas idílicas.10

Despojado de toda óptica maniqueísta, el pintor villaclareño concibe los fenómenos y procesos de la vida sin absolutizaciones. Nada es totalmente bueno o malo, existen matices, aún los más límpidos sentimientos pueden engendrar dolor, el amor  aunque enaltecedor de la subjetividad humana como factor provocante de placer puede acarrear penas y esto suele representarlo a través de gotas  de sangre que brotan del corazón humano, una forma más de enfatizar  su poética con lo pictórico.

La obra de Pedro Osés  traduce la relación relativa que se verifica en todo arte entre valores y antivalores desde un punto de vista dual. En ella se contraponen lo bello y lo feo, lo sublime y lo bajo, lo cómico y lo ridículo. En ocasiones la fealdad se trueca en belleza, connotando el bien, la complacencia, la pureza, y la plenitud de lo espiritual. Lo horroroso, lo sorprendente, lo asombroso pueden tornarse bello. En cambio la deformación extrema de las figuras unánimemente ridiculizadas pretende configurar lo execrable. 

Se apropia de un pertinente y fabuloso sistema de símbolos  para brindar  distintas  connotaciones: las estrellas, las flores y el color blanco denotan  lo bello, puro y franco. Los venados: la libertad, ligereza y paz, y  en oposición a ello, el color negro y  las figuras puntiagudas  indican  lo adverso y despreciable.11

No falta en  el  ánimo  del artista la intención didáctica y moralizadora, gran parte de sus cuadros  constituyen una verdadera exhortación al mejoramiento del ser humano, al censurar el vicio, la traición, la mentira, que corroen la humanidad. Su  empeño en tratar temas sociales lo llevan a la condena de actitudes que considera nocivas y degradantes para el hombre: la embriaguez, la prostitución, el juego, el crimen, además vierte su sensibilidad ante el dolor causado por los flagelos de las pandemias de estos tiempos.12

En las dos últimas décadas acompaña sus obras con textos literarios, que a pesar de ser  rudimentarios, son portadores del mensajes bien explícitos:

No sufro por el dolor,

Ni por la espina que hiere.

Y de flores que se llenen,

Como mariposas al sol.

Es muy grande mi dolor,

E inmenso mi martirio.

Y sufro por el dolor

De un mundo sin compasión.13                                            

Entre sus técnicas predilectas se ha definido abiertamente la tempera sobre cartulina, manejada con encanto, y el dibujo a plumilla con un valor distintivo, aunque en los últimos años prefiera el óleo y el acrílico sobre lienzo, a tono con las exigencias profesionales y de mercado de estos tiempos, apreciándose transformaciones que anuncian ciertos rasgos cambiantes de su obra, tales como logros en la síntesis de la figuración, mayor simplificación y coherencia de los elementos plásticos y mayor habilidad para depurar los colores. Osés ha abandonado el uso de colores que realzan el misterio para usar una gama de tonos claros y brillantes que tipifican más acertadamente la luz tropical.

Este pintor primitivo, uno de los más importantes de Cuba ha sido capaz de crearse un nombre que trasciende las fronteras de su terruño, para así adentrarse en un estilo personal y convertirse conjuntamente con su creación, en una de las leyendas del color en el arte popular de nuestros días.

 

Bibliografía Activa

1 Feijóo, Samuel. «Pedro Osés, Pintor de Mitos». pág 9. Signos No. 22, 1979.

2 Obra Santa Bárbara  (1990).

3 Obra Güijes paseando (1978)

4 Obra El diente del camino (1976)

5 Obras Devoradora (1991),  Rumbo al infierno (1980).

6 Obra Comiendo fuera (1988).

7 Obra Haciendo el amor (1998).

8 Entrevista realizada por los autores a Pedro Osés en 1998 en Guaracabulla.

9 Obra Viaje al cielo (1992).

10 Obra Pariendo (1998).

11 Obras Primavera (1975), Diablo Malo (1984).

12 Obra El  SIDA (1999).

13 Texto acompañante a la obra El Sagrado Corazón de Jesús (1994)


 

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